Cortados con la misma tijera

Tanto en el ”mundo desarrollado” como en aquel llamado “subdesarrollado” o “arrollado”, según un chiste gráfico, existe una masa incandescente de gente, apasionada por cuestiones comunes: fútbol, nacionalismo y pugnas de tipo religioso, que normalmente conllevan cargas de violencia en diferentes manifestaciones.

La falta de información, perspectiva histórica o interpretación de la actualidad no es una característica de los mundos bajos. Lo podemos ver con la escalada del populismo y el ultraderechismo general. El Brexit fue el último atentado a la paz en Europa, la elección de Donald Trump en Estados Unidos, la victoria de la ultraderecha religiosa en Brasil con Bolsonaro, el voto de “No” a la paz en Colombia y la escalada de violencia por las migraciones masivas producidas por el populismo de izquierda en Latinoamérica, además de los propios atentados de terror de la mancuerna Occidente-Oriente, liderados por una guerra mediática. Todo en pleno siglo XXI.

El autor norteamericano de ciencia ficción William Gibson mencionaba en una de sus entrevistas, que somos un producto de Google en la actualidad. Bueno, si lo extendemos un poco más, somos producto de la media, liderada por Google. Es por eso que como fenómeno global se genera una especie de estupidez totalizadora. Y qué decir de los famosos pokemones, juguetes para viejos y jóvenes. Pero los chicos no son menos banales que los adultos. Parece que el problema es que todos estamos en un proceso de infantilización.

Las diferencias entre los dos mundos son, parece, de tipo económico, derivado de la capacitación de profesionales mecanizados/automatizados para la industria (eso que llaman educación), la generación de servicios y la fabricación de productos con valor agregado, que a su vez son parte del ciclo de adormecimiento de la masa encendida por dulces banalidades.

En teoría el mundo occidental por el alto nivel cultural y por su gran tradición humanista debería estar blindada ante el populismo y la barbarie. No es así. En términos de tradiciones, quizá sea en los lugares aún no tocados por la tecnología en donde verdaderamente se puede hablar de continuidad, en donde las variaciones no son tan notorias que la tradición pudiera ser casi una constante. Eso no sucede en el mundo real de la política que afecta a la materia y en el de las interconexiones virtuales, porque las costumbres se sumergen en la vida diaria debido a la influencia de dichos factores.

La estandarización de las costumbres y las modas son ya un hecho. Desde la ideología de género hasta los centros comerciales, que en casi todos los países son iguales. Nadie expuesto a la producción en masa de ideas y productos puede decirse tan original.

¡Todos estamos cortados con la misma tijera!