Otoño en una esquina de la casa

Está muriendo con la dignidad propia de la gran raza árbol. Lo veo en la esquina de mi casa, cual animal en cautiverio, y me pregunto por qué de la necesidad de encerrarle entre las paredes blancas de una arquitectura escandinava. Dicen que ese tipo de entidades naturales adornan y refrescan los hogares.

Se le empiezan a caer la hojas de su cabellera enana como él, árbol magnífico de tamaño reducido. Así pelado me parece la cosa más maravillosa en la lucha contra la muerte, aunque creo que en ésto me equivoco. Es verdad que traté de ponerle agua, pero es inútil, el árbol ha decidido morir. ¿Hay un cielo para las almas árbol o se insertan en el cosmos energético del tiempo? ¿Tienen otras vidas o nos esperan en las profundidades de la tierra vibrante?

Lo contemplo siempre por última vez, pero está erguido, solemne. Vuelvo al día siguiente y ahí está viéndome ya con menos piel, como si hubiera sobrevivido a una violencia de tactos curiosos. Nos vemos el uno al otro. Seguro pensará que me estoy muriendo, que el aire me mueve dentro de la habitación, y me contempla desde su postura pétrea como estátua natural de los días y la vejez.

Así pasamos las noches en casa con ese cuerpo en transformación.