La muerte de la muerte y el eterno retorno: breve ensayo sobre la utilidad para la auto-destrucción

Marco contextual

La finitud humana es la madre de grandes y variadas desesperaciones. La existencia ha pasado de tener una interpretación metafísica a teorizaciones naturalistas. Para que ésto fuera así tuvo que nacer el humanismo y centrar en el humano toda la atención. De ahí la necesidad de decodificar lo que realmente somos, qué queremos ser y qué queremos decidir.

 

Necrofilia militar y el la muerte de la muerte

¡Qué viva la muerte! fue el grito que un general franquista gritó en una época conflictiva de la historia española, que compone un capítulo negro para la humanidad entera. En ese entonces Miguel de Unamuno se sintió ofendido y le hizo el reproche correspondiente al General José Millán Astray, propietario de dicho ladrido de odio. De todas maneras, el grito de celebración necrófila no tendría asidero en los años por venir.

Aunque a las cúpulas militares les entusiasme tanto la acumulación de muerte, la creatividad y la creación de vida son componentes vitales para la conservación de la decadente humanidad. Una humanidad controvertida consigo misma, puesto que en su misma decadencia logra encontrar momentos de claridad para mantenerse y elevarse.

En los albores de la 4ta. Revolución Tecnológica han surgido una cantidad de proyectos de gran impacto para la humanidad. Los estudios sobre genética han alcanzado un grado de avance impensable para aquel gritón General necrófilo. El proyecto Gilgamesh es una iniciativa que nació en mayo del año 2014 con el objetivo de promover entre el público las ideas sobre la extensión de la vida. Es decir, que un ser humano pueda vivir cada vez más años, hasta que la muerte sea una opción personal y no una determinación biológica. Es pues la muerte un problema estrictamente técnico.

La inmortalidad como problema económico

El autor argentino Jorge Luis Borges viaja a la inmortalidad a través de su famoso y magnífico cuento “El Inmortal”. Ahí podemos ver una serie de conflictos del personaje y los truculentos recuerdos de aquel que un día fue guerrero y que en otro tiempo fue escritor o gobernante. Por otro lado, y con menos ímpetu literario sino científico tenemos a Carlos López-Otín, un genetista importante de la actualidad mundial, quien alerta sobre el mal negocio que es la eternidad humana, para decirlo de alguna manera.

Sabemos que hoy en día el mundo tiene muchos problemas con la cantidad de personas que hay (alrededor de siete mil millones de personas). Así que hacerlas más duraderas sería un problema adicional a los ya existentes: la alimentación, el calentamiento global, vestido, educación, etc.

Sin embargo, dice López-Otín en una entrevista, que este asunto de la extensión de vida lo practican en los laboratorios casi a diario con organismos vivos. Que es un problema técnico para la actualidad científica. Por ejemplo, el cáncer, dice, son células indestructibles a las que hay que matar para que realmente desaparezcan. Ahí una idea contraintuitiva, puesto que es el cáncer una de las pistas para determinar los aspectos de la inmortalidad biológica.

¡Y volver, volver, volver!

Si tuviéramos que volver al momento de decisión en sí vamos, como humanidad, a estudiar el fin y extensión de la vida y nos hiciéramos la pregunta ¿lo hacemos o no lo hacemos?, seguramente decidiríamos que sí, puesto que es parte del eterno retorno Nitcheano. Es como tropezar de nuevo y con la misma piedra.

Bien dice el mismo Nietzche en la “Gaya Ciencia”, que “el hombre más perjudicial es tal vez el más útil desde el punto de vista de la conservación de la especie, pues conserva en sí mismo o en los demás, mediante su influencia sobre ellos, los instintos sin los cuales la humanidad habría degenerado mucho tiempo ha.” Recordemos que para este filósofo alemán, el ser humano es una transición, un hilo, un puente hacia el superhombre. El ser humano es un ente decadente, que sirve únicamente para dar paso a otro tipo de ser aumentado. Me atrevería a decir que este filósofo es transhumanista, aunque el concepto no esté en su mapa conceptual, en el sentido que se entiende hoy el transhumanismo: la mixtura entre hombre (ente orgánico) y avances tecnológicos (entes no orgánicos).

Al igual que Nietzche, lo asume el profesor Yumal Harari, cuando aclara que no hay por qué pensar que el homo sapiens es la última estación en la evolución de nuestro organismo. Aquí hay una idea a pensar, porque es posible que Nietzche esté procesando sus ideas con códigos  psicológicos y culturales, mientras que Harari o Lopez-Otín estén hablando en términos evolutivos y/o naturales: dos puntos de vista complementarios.

El transhumanismo y las super estaciones

De aquí en adelante sería interesante establecer algunos principios considerados en los fundamentos del transhumanismo, como antesala a la materialización de las ideas de Nietzsche sobre el superhombre y a la falsedad de la propuesta militarista necrófila.

Las bases fundamentales del transhumanismo son: super longevidad, super inteligencia y super bienestar. De hecho, se parece mucho a aquel postulado latino de Citius, altius, fortius que significa «más rápido, más alto, más fuerte». A lo mejor, quien sabe, y fue el inmortal de Borges quien fundó esa propuesta algunos milenios atrás y hoy es un genetista en alguna parte del mundo. Es una posibilidad cuántica. No es que el tiempo sea estrictamente lineal.

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