Invisibilidad

El invierno ha sido largo. La caminata diaria va dejando fantasmas vibratorios y oscilantes, mientras la mirada fija cuenta cuántos pasos caben en cada cuadrito de la banqueta, y cuál es el patrón donde se pisa la línea divisoria de los cuadrados. Es un juego de simetría.

Tener ojos y aún así obsesionarse con ver hacia adentro deviene en un problema práctico, como ir al baño o lavar la ropa: eso que llaman existencia. Y es que los días grisáceo-azulados no permiten una sonrisa natural. Por dentro todo se ve aún más oscuro que afuera.

Al cambiar el tiempo, y el sol sale, el personaje nota que alguien le sigue y piensa que, quizá, solo sea uno de los espectros dejados atrás, buscando alguna atención pasajera. Observa entonces que ese objeto no identificado en el registro civil es su sombra. Ahí se da cuenta que existe, que su materia, su volúmen físico está proyectado al ras del suelo.  El caminante se conmueve y rompe en llanto. La sombra no se inmuta.