Bitácora de un verano a pie en los asfaltos del hombre rojo

Estocolmo en una noche vibrante.
Foto de portada: Estocolmo en una noche vibrante.

Caminar, ejercicio de iluminación. Eduardo Galeano decía que el horizonte sirve para seguir caminando. Recordando esa premisa me dispongo a dejar el miedo a lo desconocido y me ubico en una región emocional dentro de mí, que me avisa que hay buenas nuevas después del siguiente paso a tomar.

Escandinavia, terreno antiguo que viajó rápido en el tiempo. La gran casa Nórdica guarda en sí una serie interesante de anacronismos, que como curiosidades turísticas se van instalando en la memoria, formando cristales de idealización a futuro. El viajero siempre está dispuesto a ser sorprendido y enamorado. Está en constante ejercicio de comparación, a ver cuál campo está más verde.

Helsinki y sus conversaciones a toda velocidad sobre tecnología y humanidad. El tempo del silencio se yergue imponente ante nuestras voces, potenciando la imaginación y las ganas de verse por dentro.  

Estocolmo, la ventana limpia de un autobús que nunca termina su carrera nocturna. Espacio nórdico a través de la mirada del escritor guatemalteco Jaime Barrios y su erudición al son del un ron. Visitas a espacios diplomáticos para comprobar nuevamente mi origen cósmico.

Copenhague y los amigos en la calle, memoria del porvenir y la constante voluntad de inventarse la felicidad necesaria. La ternura y la arqueología más antigua de mis tristezas y elevaciones sublimes.

Aarhus, el asombro del redescubrimiento, novedades visuales y algunas frustraciones profesionales. Conversaciones formales sobre mejores prácticas para hablar con una máquina. El cansancio del trabajo.